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Blog de las juventudes de ADECAP – ADECAP youngsters

MIGUEL DELIBES – Un cazador que escribe

Por Juan Antonio Sarasketa

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EL CORREO – «No soy un escritor que caza, soy un cazador que escribe», le gustaba decir a Miguel Delibes. Yo tuve la suerte -mejor, el honor- de tratarle y cazar con él. Inmenso como escritor e inigualable como persona, como cazador era humano, cercano… siendo el mejor, era uno más.

Un campeón de la bondad. Parecía increíble que una figura universal fuese tan próxima. Desde la gestación de ADECAP, la Asociación de Defensa de la Caza y la Pesca, nos apoyó a tope. Nos animaba, nos ponía como ejemplo, era y seguirá siendo nuestro estandarte. Fue alentador que Miguel, persona de tinta entera, dedicara en su libro ‘El último coto’ un apartado al cazador vasco. «Por de pronto, los vascos cuentan con un plantel nutrido de cazadores civilizados que en abril se manifestaron en San Sebastián en número aproximado de 35.000. Esto constituye una base magnífica para cualquier empeño. El vasco, además, en líneas generales es un buen cazador; en mano o a salto, el vasco busca la perdiz, la acosa y la caza con las piernas. No la engaña. Su país da poco, alguna liebre, la sorda en su época y las palomas de Etxalar. La afición desborda, entonces, a sus posibilidades. De ahí que se extiendan por Castilla y no vacilen a la hora de hacer 800 o mil kilómetros cada domingo para abatir media docena de perdices. Es una afición muy sufrida y resuelta la suya».

Desde nuestra asociación de cazadores, Patxi Ocerín, Enrique Garay y yo le escogimos como estandarte. «Los tres -escribió Delibes- tuvieron un detalle conmovedor conmigo: ‘Usted va a ser nuestra bandera’, me dijeron. ‘La caza y la naturaleza tal como las defiende usted, ese es nuestro objetivo’, y ellos materializaron ese deseo regalándome un bastón aguijada, con el lema en vasco ‘Hitza hitz’, (el valor de la palabra), símbolo de poder y autoridad. Acordamos reunirnos a cazar la sorda en la Sierra de la Demanda, las dos cuadrillas y con Manu Leguineche a primeros de noviembre. Fue una sabrosa y cordial reunión».

Y así lo hicimos en Urrez (Burgos). Recuerdo cómo Manu Leguineche volteó una liebre que había fallado Miguel. Manu, henchido de satisfación, se me acercó y con una sonrisa burlona me dijo: «Les he puesto en su sitio a los castellanos, a ver ahora si siguen diciendo que soy un cazador de medio pelo». Fue una ‘bajada de pantalones’ que pocos aceptarían de buen grado, pero el maestro supo recibirla sin rechistar, no sin dedicarle una de esas miradas que perforan. Siempre gustaba de cazar con sus hijos Juan y Adolfo, y alguna vez Germán y Miguel. Era de los que sudaban la camiseta tras las bravas perdices rojas, su pasión, con una paralela ‘Sarasketa’ al brazo. Poco le importaba llenar el morral, cumplía con su compromiso como cazador dando en el monte todo lo que tenía y podía, y créanme que se apoyaba en unas piernas de acero y en un manejo de la escopeta excelente.

Tuve la oportunidad de propiciar un encuentro entre Delibes e Induráin en una bodega de la rioja alavesa donde, alrededor de una mesa y con un buen vino, las vivencias de estos dos grandes personajes fluían rápidamente. Nos acompañaba su hermano, Manolo Delibes, alegre y socarrón. A los postres, y con un vaso de vino en la mano, se acercó a Miguel y suavemente le dijo al oído: ‘Creo que deberíamos marcharnos, porque estoy empezando a perder la dignidad’. Fue también Manolo quien arengaba a sus sobrinos Juan y Adolfo a que empujasen el Land Rover que se nos paró en un nevero cuando nos disponíamos a ocupar unos puestos de jabalí en Urrez, mientras Miguel padre comentaba: «Es que la juventud no empuja como antes».

Cazando codornices en los páramos de Burgos, Miguel se me acercó y me dijo con una cierta ironía: ‘Este amigo tuyo, Volpi, hace más ruido cuando camina por los rastrojos que la Brunete’. Y es que Volpi, regordete y tranquilón, marchaba por el monte fumando un puro y arrastrando las botas. Pero Miguel nos quería y estaba a gusto con nosotros. Seguía de cerca al Athletic, a nuestros ciclistas, al devenir de nuestro pueblo, nos tenía ‘controlados’. En estos momentos pierde sentido decir eso de ‘cuando un amigo se va’, pues un amigo como Miguel no puede irse. Siempre seguirá a mi lado con su ‘Sarasketa’, su gorra castellana y su sonrisa especial y socarrona.

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